Estos días se cita mucho una maldición china: “¡Ojalá vivas tiempos interesantes!” y que mejor manera de vivirlos que volver a empezar la semana con un poema.
En esta ocasión de la mano de la poeta estadounidense, recién galardonada con el premio Nobel de Literatura: Louise E. Glück.
Es una poeta americana de origen judío húngaro. Nació en Nueva York el 22 de abril del 1943. En la actualidad, imparte clases de lengua inglesa en el Williams College en Williamstown, Massachussets, además de hacerlo también en la Universidad de Yale, donde ocupa la Cátedra de Literatura.
Ha escrito numerosos libros de poesía por los que ha recibido premios de gran prestigio. Ya en el año 1993 se alzó con el Pulitzer de poesía por su poemario The Wild Iris (El Iris Salvaje), que también le valió el premio William Carlos Williams de la Poetry Society of America. También ha resultado ganadora del premio Nacional de Poesía Rebekah Johnson Bobbit por su obra Ararat, del National Book Critics Circle Award por su obra The triumph of Achiles o del Academy of American Poet's gracias a su obra Firstborn. Su trayectoria profesional le ha permitido conseguir también la medalla al Mérito MIT o distintas becas de fundaciones como Guggenheim o Rockefeller. Tiene el honor de ser la 12ª poeta laureada por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (2003-2004), tiempo durante el cual escribió otra de sus principales obras, Averno. Fuente: Lecturalia.
Leamos algunos de sus poemas, que para ella «no perduran como objetos, sino como presencias». «Cuando lees algo que merece recordarse, liberas una voz humana: devuelves al mundo un espíritu compañero. Yo leo poemas para escuchar esa voz. Escribo para hablar a aquellos a quienes he escuchado», escribió la autora en «Proofs and Theories».
El vestido
En 1999, la escritora publicó «Vita Nova», con el que recibió el primer premio otorgado por los lectores del «New Yorker», además del premio Bollingen. Ahí encontramos «El vestido»
Se me secó el alma.
Como un alma arrojada al fuego,
pero no del todo,
no hasta la aniquilación. Sedienta,
siguió adelante. Crispada,
no por la soledad sino por la desconfianza,
el resultado de la violencia.
El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,
a quedar expuesto un momento,
temblando, como antes
de tu entrega a lo divino;
el espíritu fue seducido, debido a su soledad,
por la promesa de la gracia.
¿Cómo vas a volver a confiar
en el amor de otro ser?
Mi alma se marchitó y se encogió.
El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado
grande
para ella.
Y cuando recuperé la esperanza,
era una esperanza completamente distinta.
Amante de las flores
En «Ararat» nos encontramos el poema «Amante de las flores». Flores, en fin, que son belleza y muerte, pero sobre todo fragilidad.
En nuestra familia, todos aman
las flores.
Por
eso las tumbas nos parecen tan extrañas:
sin
flores, sólo herméticas fincas de hierba
con
placas de granito en el centro:
las
inscripciones suaves, la leve hondura de las letras
llena
de mugre algunas veces…
Para
limpiarlas, hay que usar el pañuelo.
Pero
en mi hermana, la cosa es distinta:
una
obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre
a
leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo.
Cada
primavera, espera las flores.
Nadie
discute por los gastos. Se sobreentiende
que
es mi madre quien paga; después de todo,
es
su jardín y cada flor
es
para mi padre. Ambas ven
la
casa como su auténtica tumba.
No
todo prospera en Long Island.
El
verano es, a veces, muy caluroso,
y
a veces, un aguacero echa por tierra las flores.
Así
murieron las amapolas, en un día tan sólo,
eran
tan frágiles…
Podéis leer la opinión de uno de sus traductores al castellano, Abraham Gragera, en el artículo "Louise Glück, ascender a lo hondo".