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domingo, 13 de marzo de 2022

"Francisca Sánchez, acompáñame..."

 Francisca Sánchez: la dueña del amor y de la obra de Rubén Darío

Barcelona, octubre de 1914. El barco Antonio López parte del puerto con destino a Centroamérica. En el muelle, Francisca Sánchez se despide entre lágrimas de su amado, Rubén Darío, príncipe de las letras hispanas que se marcha para impartir conferencias de paz en tiempos de guerra. Fue la última de muchas despedidas, nunca más volvería a ver a su amado poeta.

Catorce meses después, una mañana, Francisca se entera por la prensa de que el padre de su hijo, también bautizado Rubén, ha muerto en su casa natal de Nicaragua. Una cirrosis aguda acabó con su vida, recién cumplidos los 49 años. La distancia y la falta de recursos de la época le impiden despedirse de él en el lecho de muerte. Sufre en silencio su ausencia y le guarda riguroso luto durante años. Se aferra entonces a un baúl azul que había comprado cuando ambos vivieron juntos en París y en el que guardó durante 40 años el legado literario, las cartas y objetos personales del nicaragüense.


El flechazo  se produjo en la primavera de 1899, cuando sus miradas se cruzaron por primera vez en la Casa de Campo de Madrid. Él, enviado especial del diario argentino La Nación, departía con Ramón del Valle-Inclán. Ella, hija del jardinero del rey Alfonso XIII, le agasajó con una flor. El poeta quedó tan prendado de la belleza y frescura de Francisca, que entonces tenía 24 años, que volvió días después, esta vez sin compañía.

 Este es sólo el principio de un noviazgo que contó con una petición de mano especial. Un momento que el nicaragüense plasmó en una de sus crónicas más aplaudidas, titulada Fiesta campesina: «¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale un claro sol, comienzan a verse las ovejas... Y mi burrito sigue impertérrito, en tanto que me llegan de repente soplos de los bosques, olientes a la hoja del pino[...] El traje de la paleta es curioso y llamativo. Más de una vez lo habéis visto en las comedias y zarzuelas. Falda corta y ancha, de gran vuelo, que deja ver casi siempre macizas y bien redondas pantorrillas».

El mismo año en que se conocieron, la pareja alquiló un piso en Madrid, en la calle Marqués de Santa Ana, 29. Compraron muebles. Dormitorio, comedor, cocina y una habitación que se habilitó como despacho para él. Francisca era una cocinera especial y se hizo popular por sus almuerzos entre los amigos del poeta. A su mesa se sentaban asiduamente otros literatos como Villaespesa, Valle-Inclán, Manuel y Antonio Machado, Azorín... La sopa de ajo, las chuletas de cerdo adobadas y los chorizos de Navalsauz le entusiasmaban a Darío. Se hacía traer frijoles de su país, y enseñó a Francisca a cocinarlos. Le gustaba terminar con un postre casero y nunca bebía vino en las comidas, siempre agua.

En 1901, La Nación requiere al poeta como corresponsal en París. Francisca y su hermana pequeña, María, se marchan con él. Vivieron allí varios años. Lo justo para que la abulense aprendiera a leer y escribir. Tuvo como maestros a su marido y al poeta Amado Nervo, que vivió con ellos una temporada. Él fue quien la bautizó como «la princesa Paca». Rubén le elegía los trajes, los abrigos, las joyas... Y ella lo lucía como si toda la vida hubiese vestido de este modo. Madame Darío la llamaban los franceses al tratarla. Desde allí eligieron la orilla del Nalón en Asturias, la pintoresca Valldemosa (Palma de Mallorca) y Málaga como lugar de veraneo y descanso.

A pesar de que juntos vivieron momentos maravillosos, pasaban largas temporadas separados. Darío viajaba mucho para dar conferencias y en busca de inspiración. Esto hizo que, en los momentos más cruciales de la vida de Francisca, Rubén no estuviera a su lado. Así, se perdió el nacimiento de sus cuatro hijos, la muerte y entierro de los tres primeros y el bautizo y la comunión de su hijo Rubén.

A ella le dolían las prolongadas separaciones de su amado; él la esperanzaba con firmes promesas y con ruegos de que le fuese fiel. Y fiel le fue toda la vida. No se atrevieron ni a hacerle proposiciones; su postura moral les rechazaba de antemano. Y, aunque no vivía espléndidamente, ella sabía que tenía más que todas, porque era la amada de un príncipe.

Su relación epistolar era lo que mantenía viva la llama: «Hoy te escribo, aunque hace mucho calor porque te quiero tanto que no quiero que pase un día que no hable contigo», «te tengo un inmenso cariño y no quiero, sino que seas dichosa y no pases nunca un mal día».


Ella fue su musa, a su lado escribió algunas de sus obras magistrales como 'Cantos de vida y esperanza' o 'Tierras Solares'. Francisca pasaba las noches en vela a su lado cosiendo y practicando la escritura para que a él no se le fuera la inspiración y evitar que cayera en las garras del alcohol. Sólo conseguía estar abstemio cuando pasaba largas temporadas con ella. La historia ha sido injusta con ella por el hecho de ser mujer y no ser la esposa legítima. En figuras determinantes de la Historia como Rubén, su biografía es fundamental para entender la obra. En este caso el amor entre ambos fue imprescindible para el devenir de todo.

Francisca descansa en el cementerio de Carabanchel (Madrid) desde agosto de 1963. Su príncipe, en la catedral de Nicaragua. «Seguramente, Dios te ha conducido para regar el árbol de mi fe, hacia la fuente de noche y de olvido, Francisca Sánchez, acompáñame...».



Ajena al dolo y al sentir artero
llena de la ilusión que da la fe,
lazarillo de Dios en mi sendero,
Francisca Sánchez, acompáñame

En mi pensar de duelo y de martirio
casi inconsciente me pusiste miel,
multiplicaste pétalos de lirio
y refrescaste la hoja de laurel.

Ser cuidadosa del dolor supiste
y elevarte al amor sin comprender;
enciendes luz en las horas del triste,
pones pasión donde no puede haber.

Seguramente Dios te ha conducido
para regar el árbol de mi fe;
hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez, acompáñame…





En 2014 se publica el libro La princesa Paca, una novela escrita por la periodista Rosa Villacastín, nieta de Francisca, que recoge esta apasionada historia de amor entre el "príncipe de las letras" y una campesina analfabeta española.


En abril de 2017 se estrenó la Película dirigida por Joaquín Llamas, protagonizada por Irene Escolar,  Daniel Holguín, Luisa Martín e Israel Elejalde

sábado, 12 de marzo de 2022

Rubén Darío

Dicen que Lorca le escuchó recitar una vez uno de sus versos y sólo entendió una conjunción.


 Rubén Darío jamás buscó la sencillez ni la sobriedad. Entremezcló casi toda la historia literaria del planeta, anterior y contemporánea y lo llamó “Modernismo”, la misma palabra que le tiraban a la cara despectivamente. El Renacimiento, el Barroco o el Romanticismo cruzan sus versos franceses, parnasianos, simbolistas, asomándose el esteticismo de un, por ejemplo, Wilde, “el arte por el arte” dedicado a las musas y los azules y los cisnes como santo y seña. Su obra es prácticamente un homenaje a la Literatura completa, una renovación, una adaptación, y, sobre todo, una pura creación y recreación personal, única, y, como solemos decir, intransferible.
 Fue padre poético de los Machado o de Juan Ramón e inspiración para un Valle-Inclán que lo convirtió en personaje de sus Luces y sus Bohemias, y su sombra se proyecta por todo el siglo XX como una obra tan irrepetible como imborrable.
El camino está preparado para la llegada de un libro fundacional del modernismo y otro de plenitud: Azul (1888) y Prosas profanas (1896), respectivamente.

En Azul surgen conjuntos cuentos y versos, donde el esteticismo parnasiano del “arte por el arte” convive con una renovación del lenguaje, más brillante y efectista, más colorido y sonoro, musical, más plástico, podríamos decir. El libro desborda en sensualismo y simbolismo, evadido hacia lo exótico o hacia la mitología clásica -como en el cuento El sátiro sordo– o en defensa del arte de lo bello frente a la sociedad aburguesada -como en el relato El Rey burgués-. En verso, comienza Darío con su Año lírico -Primaveral, Estival, Autumnal e Invernal, que ya seguirá Valle-Inclán en sus Sonatas-, como una alegoría del ciclo de creación poética. En el primero de ellos, dirigido a la primavera en romance, el poeta une amor, naturaleza y creación artística:


Mes de rosas. Van mis rimas
en ronda a la vasta selva,
a recoger miel y aromas
en las flores entreabiertas.
    Amada, ven. El gran bosque
     es nuestro templo; allí ondea
    y flota un santo perfume
    de amor.(…)
En Estival, en silvas, dos hermosos tigres, macho y hembra, magníficos ejemplares descritos con grandes efectos sensoriales y mitológicos se aparean, como símbolo sensual y erótico de la creación artística, que se verá interrumpida por una escena de caza. Un príncipe, de Gales, matará a la hembra y hará huir al macho, sin permitir la consumación del idilio artístico. La creación se ve detenida por la insensatez burguesa. Por último, Autumnal e Invernal, ambos en silvas arromanzadas, se aproximan al tono poético reflexivo, melancólico y pensativo:
En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
Inmediatamente se percibe el contraste con el impulso vivo de Primaveral, con su color renaciente y su luminosidad, frente a las tardes pálidas o a la tranquilidad de las nubes que cruzan el significativo azul. Surgen los suspiros, los sueños, las tristezas… en resumen, la intimidad del poeta consigo. Por su lado, en Invernal, ya es de noche, ya hay frío frente al calor, hay helada nieve. Es una nueva llamada al amor ido, como la primavera, la expresión de una nostalgia hacia el amor adolescente y primaveral. Pero ya no existe esa armonía entre la naturaleza renacida en rosas y el ardoroso amor:
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría.
Tres poemas más ponen fin al ciclo poético del Año lírico en el que Rubén Darío despliega su concepción artística: Pensamientos de Otoño, donde se clama por la vuelta de la primavera -traducción libre de un poema de Armando Silvestre-; A un poeta, donde el creador es visto como un titán, un Hércules o un Sansón; y Anagke o la destrucción total por el Gavilán de la belleza cantada en los anteriores versos.
Dos grupos más de poemas llaman la atención en Azul: los Medallones, por ser homenaje y cortejo a otros autores, por un lado parnasianos como Lisle, y por otro norteamericanos como Walt Whitman, con el que se siente identificado desde el sur; y los Sonetos aureos, que ya desde el título nos dan el efecto sensorial de brillantez y color del oro además de configurar un grupo llamativo de sonetos en alejandrinos.



En Prosas profanas el modernismo más preciosista de Rubén Darío alcanza su cumbre. El cosmopolitismo o escapismo en el tiempo hacia lo dieciochesco junto a los valores sensoriales, visuales y auditivos, arrancan en el primer poema Era un aire suave, escrito en el innovador y rebelde dodecasílabo. También en esta composición surge ante nosotros el blanquísimo cisne, símbolo primordial del modernismo, junto a grandes metáforas mitológicas, aliteraciones que otorgan sonoridad, y alusiones legendarias de personajes. Este es el tono de todo el poemario:
Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Harmonía ritmaba sus vuelos;
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos de los violoncelos.
Ahora bien, sin duda los versos más conocidos de las Prosas profanas como modelo del modernismo que en ellas habita es Sonatina,ochos sextillas de alejandrinos. Las aliteraciones y la musicalidad, el colorido, los efectos sonoros, el exotismo y el escapismo, las poderosas imágenes personales, románticas y simbólicas, las referencias mitológicas, la sensoriedad… en fin, todos los rasgos propios y archiconocidos de la renovación rubeniana.


 

Se añade el tema religioso, espiritual de un supuesto Cristo “vencedor de la muerte” -interpretación apoyada en el parecido de este poema con el posterior A Margarita Debayle. Esta mezcla de lo sensual y lo religioso persiste en Ite, missa est en serventesios alejandrinos.


Rubén Darío prosigue en Prosas profanas sus homenajes a los franceses. En este caso es un responso por Verlaine, donde todo el Olimpo, las liras y flautas, las ofrendas de muchachas y los cantos deben elevarse y entonarse al poeta francés, convertido en el dios Pan. Y termina el libro con el poema Yo persigo una forma, soneto de alejandrinos donde Rubén Darío da expresión a la impotencia de lograr la perfección formal y de contenido, la totalidad artística, desde el estilo propio:
Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
(…)
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.
Este último poema de Prosas profanas anuncia un cambio de rumbo. Rubén Darío habla de la insuficiencia del estilo para expresar algo interior, propio, íntimo. Algo no se deja o no se puede expresar como hasta el momento se ha estado expresando todo lo demás. El giro que se anuncia da sentido al siguiente gran libro de Rubén Darío: Cantos de vida y esperanza (1905). Desde la perspectiva del cambio de estilo entendemos los primeros versos del nuevo libro:
Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
El poeta nos dice que es el mismo de Azul y de Prosas profanas, aunque el estilo va a transformarse una vez más. Dibuja un autorretrato metapoético de su propia evolución, en serventesios, distanciándose del ayer en que “no más decía” y cuya historia narra en las siguientes estrofas, y acercándonos al Rubén Darío reflexivo, subjetivo, vuelto hacia sí mismo -cumpliendo con su ciclo de Año lírico estaría en su otoño- en la dinámica de un arte menos preciosista, de una poesía más pura. De hecho, topamos con aquellos versos tan memorables de Canción de otoño en primavera:
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
También ensaya una respuesta a la interrogación del cuello de cisne en un título de clara referencia a Prosas profanas: ¿Qué signo haces, oh cisne, con tu encorvado cuello?; mientras, aparecen Nocturnos angustiados, rivalizando ya las jóvenes rosas de antes con la vejez poética. No cabe duda de estar ante un libro de madurez atravesado por nostalgias y por trascendencias, por el regionalismo americano y el tema hispánico, donde surge el Rubén Darío más socio-político en un sentido esencial y no sólo comprometido -más cercano a nuestro “tema de España”.
 
Los Cantos de vida y esperanza -dejando, como en el resto de libros, bastante en el tintero-, se cierra con el poema Lo fatal, buque insignia de la desembocada nueva actitud:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…
A partir de este libro, Rubén Darío ya no abandonará su otoño, donde se suceden los temas americanos y las angustias como en El canto errante (1907), o en Poemas del otoño (1910) o el Canto a la Argentina (1914). Y el enigma del cisne, cual esfinge de Tebas, seguirá con su interrogante cuello encorvado; las princesas, suspirantes, aún se verán rodeadas de la vistosidad oriental; el arte seguirá teniendo en sí mismo su propio valor, mientras los demás vivamos nuestro azul, nuestro divino tesoro camino de la edad autumnal… Y el Oscar Wilde nicaragüense seguirá manando de la fuente inmortal:
(…) Y el crepúsculo, en su suave amatista,
diluía la lágrima de un misterioso artista.
Y ese artista era yo, misterioso y gimiente,
que mezclaba mi alma al chorro de la fuente.
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